Escribir para comprender

Aunque existen numerosas investigaciones en torno a la composición escrita desde diferentes perspectivas, dependiendo del aspecto que el autor haya  enfatizado, del nivel educativo tratado, o de la concepción de la lengua de la que se haya partido, aquí y para esta “llamada de atención”, quiero centrarme en los estudiantes universitarios de Educación puesto que ellos tendrán más adelante la gran responsabilidad de formar a otros.

En este sentido, podemos señalar dos grandes líneas o corrientes investigadoras que han influido decisivamente en la evolución del tratamiento de la expresión escrita con fines didácticos; por un lado, los estudios sobre la escritura como herramienta de aprendizaje (Writing to Learn) centrados en el uso de la expresión escrita sobre conceptos y teorías preexistentes, que forman parte del programa de la asignatura, con el objetivo de mejorar la retención y por ende el rendimiento en la materia, y por otro lado, una línea de investigación, iniciada con los trabajos de Hayes y Flower, (1980, 1981) y Bereiter y Scardamalia (1987), centrada los procesos cognitivos específicos involucrados en el proceso de composición y en la forma en que éstos varían en diferentes contextos y en función del tipo de tarea de expresión escrita encomendada.

Aunque desde perspectivas distintas, ambas corrientes convergen en el uso de la escritura como un instrumento para el aprendizaje y que ayuda a la comprensión del contenido disciplinar (Applebee, 1984; Bereiter y Scardamalia 1987; Greene y Lidinsky, 2012; Mateos, 2011; Russell, 2003). Por su naturaleza, la escritura fuerza la integración, la relación de ideas o contenidos; esto significa que  necesariamente modificamos nuestra comprensión del tema sobre el que escribimos, ya que, por desgracia, no hay traspaso directo de la idea en la mente a una frase o párrafo (Tolchinsky, 2013). Cuántas veces nos hemos encontrado en revisión con  nuestros alumnos que decían: “pero si eso que dices que no te pongo está ahí, lo ves, mira aquí”.

Es fácil percibir la distancia entre lo que el estudiante quería escribir y lo que ha plasmado en realidad, ¿verdad?. La traducción de lo pensado a lo escrito y la revisión posterior de lo escrito a lo que se había pensado, explica el efecto epistémico de la escritura y justifica su utilidad en el aprendizaje.