María Zambrano: Filosofía y la Educación

El compromiso de Zambrano hacia los temas educativos es evidente, la emergencia de lo educativo se capta como eje que atraviesa toda su obra. También como experiencia vital, pues ejerció la docencia, quizá de modo y manera puntual, pero constante a lo largo de su vida. En España fue profesora en el Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza. Impartió Metafísica en la Universidad Central de Madrid. También fue profesora en la Universidad de Barcelona. Además destaca su implicación en las “Misiones Pedagógicas”. Ya en el exilio, imparte clases en diferentes Universidades: Morelia (México) y La Habana (Cuba).

El conjunto de su pensamiento puede verse como un todo creciente, en el que filosofía y educación van de la mano, así lo afirma ella misma: “Nadie puede negar, ni siquiera desconocer la estrecha relación que existe entre el pensamiento filosófico y la acción educativa” (Zambrano 2007, p. 149). Para los griegos la relación filosofía educación era evidente y el ámbito educativo estaba impregnado de un filosofar que desde su raíz misma reunía las condiciones necesarias para que una filosofía fuera al mismo tiempo, educación.

Magisterio Zambrano

María Zambrano entiende, como otros filósofos españoles de su tiempo entre ellos Ortega, García Morente y Zubiri, que una filosofía auténtica debe estar atenta a los problemas y requerimientos de la educación. Para Zambrano la tarea educativa es “como un canto firme de esperanza en que un mundo mejor es posible gracias a la educación, y que, en cierto modo, puede verse como un horizonte de tareas todavía pendientes” (Casado y Sánchez-Gey, 2007, p. 546).

Una filosofía auténtica debe estar atenta a los problemas y requerimientos de la educación.

La conjunción de vocación intelectual y de comunicación pedagógica, nos permite descubrir a Zambrano como mujer vocacionada por la educación; cargada de “sentido social”, con una profunda preocupación por los temas educativos, que aborda desde ángulos y perspectivas muy diferentes. En sus escritos encontramos numerosas aportaciones incisivas, en las que nos presenta estos aspectos: la vocación pedagógica, la comunicación educativa y la mediación social que supone la educación, el desarrollo integral de la persona del educando, etc. En el centro de estas aportaciones encontramos justamente la noción de persona que es una categoría irreductible a ninguna otra. Nos dice Zambrano a este respecto: “Aunque lenta y trabajosamente, se ha ido abriendo paso esta revelación de la persona humana, de que constituye no sólo el valor más alto, sino la finalidad de la historia misma. De que el día venturoso en que todos los hombres hayan llegado a vivir plenamente como personas, en una sociedad que sea su receptáculo, su medio adecuado, el hombre habrá encontrado su casa, su ‘lugar natural’ en el universo” (Zambrano, 1988, p. 45).

La educación ha de comprenderse, en esta filósofa, desde un ámbito vocacional, pues el encuentro de Zambrano con la educación surge desde su vocación intelectual, hondamente sentida, acompañada siempre de una exigencia pedagógica: “la vocación de maestro es la vocación entre todas la más indispensable, la más próxima a la del autor de una vida, pues que la conduce a su realización plena” (Zambrano, 2007, p. 114). Esta dimensión vocacional de la educación también la extiende al discípulo. Es sugerencia al descubrimiento de la propia vocación: “El maestro ha de ser como un guía también, ha de serlo deteniéndose al borde mismo de ese misterio del ser de cada uno que es su vocación. Cumple en plenitud si le ha dejado libre, entero, si ha dejado en libertad de nacer a ese ser intacto que a cada hombre se le da con su nacimiento. La acción reveladora del maestro, la respuesta verdadera a la demanda de ser reconocido del discípulo, sería dejarlo intacto en vía de despertar. Los hubo estos maestros, y de ello hay testimonio. Los habrá” (Zambrano, 2002, p. 258). Y además nos recuerda: “Es propio del guía no declarar su saber, sino ejercerlo sin más. Enuncia, ordena, a veces tan sólo indica. No transmite una revelación. Ordena lo necesario, con la precisión indispensable para que la acción sea ejecutada” (Zambrano, 2011b, p. 30).

Quienes ejercen la educación no buscan la verdad para encerrarse en ella de un modo silencioso, sino con ánimo de transmitirla.

El maestro y la maestra han de ser quienes abran la posibilidad, la realidad de otro modo de vida, la vida de verdad. Tienen la tarea de comunicar a otros su modo de relacionarse con la realidad. La autora malagueña describe así esa tarea: “La inicial resistencia del que irrumpe en las aulas, se torna en atención. La pregunta comienza a desplegarse. La ignorancia despierta es ya inteligencia en acto. Y el maestro ha dejado de sentir el vértigo de la distancia y ese desierto de la cátedra como todos, pródigo en tentaciones. Ignorancia y saber circulan y se despiertan igualmente por parte del maestro y del alumno, que sólo entonces comienza a ser discípulo. Nace el diálogo” (Zambrano, 2007, p. 118).

Quienes ejercen la educación no buscan la verdad para encerrarse en ella de un modo silencioso, sino con ánimo de transmitirla, de revelarla a otros en palabras que puedan encaminarles también hacia ella. Es la tarea comunicativa y mediadora de la educación. Y esta circunstancia no es algo anecdótico o circunstancial, sino un ingrediente vital de la convivencia humana; hasta el punto de que, cuando falta o no se cumple, Zambrano habla de una “muerte en vida”. Así lo expresa con sus propias palabras: “Se puede morir aun estando vivo; se muere de muchas maneras; en ciertas enfermedades, en la muerte del prójimo, y más en la muerte de lo que se ama y en la soledad que produce la total incomprensión, la ausencia de posibilidad de comunicarse, cuando a nadie le podemos contar nuestra historia. Eso es muerte, y muerte por juicio” (Zambrano, 2011a, p. 23).

Ese afán de compartir, de ser y convivir con los demás, es específicamente educativo. María Zambrano habla de compartir la verdad mediante la metáfora de “partir el pan”, de raigambre evangélica, su máxima expresión para la autora: “La ley del pan manda que se ofrezca y que se reciba, que se comparta; que se coma junto con los demás, que así se hacen prójimos de verdad. Puesto que el que ‘los otros’ o ‘los demás’ son nuestro prójimo, se siente y se sabe mejor que nunca, cuando con ellos compartimos el pan, el suyo o el propio, que así se hace nuestro. Que el pan no puede ser mío ni de nadie solo; o es el nuestro, señalando así que es el de todos, o no es de nadie y resulta entonces una usurpación el comerlo. Una usurpación no solamente ‘al otro’; sino al pan mismo, a su ser. Como la palabra, el pan alcanza plenitud de su ser, dándose. Símbolo y realidad de un don que por principio, en su esencia, no puede ser concedido a uno solo” (Zambrano, 1994, p. 170).

Conclusión

Partiendo de la crítica a la razón analítica y sus limitaciones, María Zambrano propone una nueva forma de filosofía como “transformación” de uno mismo; una racionalidad creativa y mediadora, que busca sugerir, indicar el camino desde el que sea posible atisbar el hontanar esperanzado del ser humano en su integridad, es decir, de la persona. En el marco de esa propuesta, lejos de toda simplificación o pretensión intelectualista, la educación se concibe como un proceso “mediador”, abierto al desenvolvimiento pleno de la persona como miembro consciente y activo de una comunidad. Pero un proceso que no tiraniza ni oprime, sino que acoge y respeta las distintas formas de realización personal, los diferentes ritmos y tiempos. Un proceso que se afana por integrar lo múltiple y lo disperso, por conectar los diferentes niveles de nuestra interioridad, sin interponerse ni violentar la propia singularidad: “Educar será ante todo, guiar al que empieza a vivir en esta su marcha responsable a través del tiempo -añade Zambrano - educarlo será disponerlo a afrontar, en cualquier época de la historia que se trate, en cualquier región de la tierra, en cualquier régimen político y social, dentro de la clase a que pertenezca, educarle será despertarle o ayudarle a que se despierte a la realidad en modo tal que la realidad no sumerja su ser, el que le es propio, ni lo oprima, ni se derrumbe sobre él; en modo de que no se le desrealice” (Zambrano, 2007, pp. 152-153).

Bibliografía

Casado, A. y Sánchez-Gey Venegas, J. (2007). Filosofía y educación en María Zambrano. Revista Española de Pedagogía 65, pp. 545-558.

Víllora Sánchez, C. (2014). María Zambrano una filosofía que busca educar. En Archipielago. Revista Digital de Educación, 2, pp. 115-136. Recuperado de [http://www.archipielago.org.ar/pdf/Revista%20Digital%20de%20Educacion%20-%20Observatorio%20Regional%20sobre%20la%20Formacion%20Docente%20-%20Fundacion%20Archipielago.%20Numero%202.pdf. [Consulta 24-8-2017]

Zambrano, M. (1988). Persona y Democracia. La historia sacrificial. Barcelona: Anthropos.

Zambrano, M. (1994). España, sueño y verdad. Madrid: Siruela.

Zambrano, M. (2002). Cartas de La Pièce. Correspondencia con Agustín Andreu. Valencia: Pre-textos y Universidad Politécnica de Valencia.

Zambrano, M. (2007). Filosofía y educación. Manuscritos. Edición de Ángel Casado y Juana Sánchez-Gey. Málaga: Ágora.

Zambrano, M. (2011a). Delirio y destino. Los veinte años de una española. Madrid: Horas y Horas

Zambrano, M. (2011b). Notas de un método, Notas de un método. Madrid: Tecnos.